El dueño de las mentes


Andrew O'Hagan/ The New York Review

Fotografía: Phúc Phạm

Una característica triste del ego es que siempre buscará placer en los lugares equivocados. De vez en cuando, los votantes anhelan la aprobación y la indulgencia de aquello que los desprecia, y así es como un fanático criminal llega a ser presidente. 

Para millones de personas decentes que podrían juzgar mejor cuando se trata de sus hijos, la amenaza de Trump no es un obstáculo a su atractivo, sino más bien una parte de él, y por eso, por razones demasiado profundas para las lágrimas, sus múltiples odios han resultado más atractivos que repugnantes para una parte del electorado. 

Es un aspecto de la magia cruel de Trump el que tan fácilmente invite a la comunión de personas que descubren que pueden expresar en compañía aquello a lo que de otro modo podrían resistirse. Como demostró George Orwell, el pensamiento colectivo puede desarrollarse en un cuarto oscuro de propaganda. 

Para nosotros, ahora se muestra en las profundidades de Internet, así como en programas de radio y en cientos de podcasts pérfidos, donde el sueño de la razón se convierte en una manía populista y la hostilidad en una especie de deporte.

Este ha sido su logro: llevar ese odio a los espacios abiertos de Estados Unidos, donde ciertos votantes pueden sentirse alejados, pueden sentirse inútiles, buscando a alguien a quien culpar y a alguien que los salve. Así es como un sociópata llega a ser presidente. Se alza como un Leviatán a partir de los peores sentimientos de la gente. Y así es como funciona la verdadera opresión, aprovechando el asco y el prejuicio inconscientes de los vulnerables, uniéndolos a las ambiciones de los poderosos, que están dispuestos a decir: “Ven y sé parte de nuestra solución”.

El activista antiapartheid Steve Biko dijo una vez que “el arma más poderosa en manos del opresor es la mente del oprimido”. Así es como un depredador sexual llega a ser presidente. Llega allí siendo un mago de la paranoia y la brutalidad, mientras los votantes, muchos de ellos apartados de su cerebro, su corazón y su coraje, siguen el camino que conduce a su falsa eminencia, rogando por su inclusión. Él tiene la fama. Él tiene el dinero. Él tiene las respuestas, ¿no?

Lo que demuestran las elecciones es que hay más que suficientes estadounidenses que se sienten lo suficientemente decepcionados con sus circunstancias como para unir sus voces a una banda fascista. El resultado será horrible. Un hombre que debería estar en la cárcel se posiciona nuevamente como la persona más poderosa de la Tierra, acompañado por un vicepresidente que una vez comparó a su jefe con Hitler. 

Cuando vi a Trump subir a la plataforma de la convención en julio, apestando a malicia y manifiestamente perturbado, esperé que una población de votantes libres no pudiera reelegirlo. Pero ésa es la cuestión. Un gran número de ellos no son libres en el mejor sentido. Están prisioneros de su espejismo. Así es como un racista llega a ser presidente. No siendo del agrado de aquellos a quienes odia, sino siendo la fuente de un poder que ellos sienten desesperadamente por compartir. Quieren ser dueños. Y Donald Trump es presidente porque temporalmente es dueño de sus mentes.

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